¿Qué tienen de nuevo los partidos de derecha?
La irrupción de corrientes más radicalizadas redefine el mapa político regional y abre interrogantes sobre su impacto institucional.
Nuevas derechas en América Latina: identidad, conflicto y tensiones democráticas
En los últimos años, América Latina atraviesa una profunda reconfiguración política marcada por el surgimiento de nuevas expresiones de derecha que difieren significativamente de aquellas predominantes durante la década de los 90. Estas corrientes no solo presentan cambios en su discurso económico, sino también en su estrategia cultural, su vínculo con la historia y sus formas de construcción de poder.
La derecha tradicional de los años noventa, influenciada por el Consenso de Washington, se caracterizaba por una agenda centrada en la liberalización económica y las privatizaciones. Si bien impulsaba reformas estructurales, no se definía como antidemocrática, sino como una corriente predominantemente economicista, con cierta apertura hacia los derechos civiles y una vocación de modernización del Estado.
En contraste, el escenario actual muestra la consolidación de una nueva derecha más radicalizada, vinculada a espacios internacionales como el Foro de Madrid. Estas corrientes se apoyan en lo que denominan la “batalla cultural”, reinterpretando la historia, apropiándose de símbolos y disputando el sentido de la memoria colectiva para construir una identidad política propia.
Inseguridad y estancamiento: las bases del cambio
El crecimiento de estas nuevas derechas
responde, en gran medida, a dos factores estructurales: la inseguridad y el
bajo crecimiento económico.
En países como Brasil durante el gobierno de Jair Bolsonaro, El Salvador con Nayib Bukele o Chile con José Antonio Kast, la inseguridad —y, en algunos casos, la inmigración— fue un factor determinante en el giro político.
En Argentina, en tanto, el estancamiento económico y la persistente inflación durante las gestiones de Mauricio Macri y Alberto Fernández generaron un escenario propicio para el avance de discursos disruptivos.
Estas corrientes, además, adaptan sus agendas a los contextos locales: mientras en América Latina promueven temas como el rechazo al aborto, en Europa esas posiciones suelen perder centralidad debido a su costo electoral en sociedades más liberales.
La disputa por la memoria y la identidad
Uno de los rasgos distintivos de estas
nuevas derechas es su relación con el pasado. A diferencia de la derecha
tradicional, que tendía a evitar debates sobre dictaduras, estos sectores
suelen reivindicar, relativizar o directamente negar esos períodos históricos.
En Brasil, Bolsonaro defendió aspectos de la última dictadura militar, mientras que en Argentina, Milei ha cuestionado consensos construidos en torno a la memoria sobre el terrorismo de Estado. Este fenómeno también se observa en otros países, donde se resignifican figuras nefastas de la historia colonial, como Francisco Pizarro en Perú, o se eliminan los símbolos vinculados a los pueblos originarios en las instituciones de Bolivia, a partir de la asunción de Rodríguez Paz Pereira.
La nueva derecha retoma esa lógica, ha aprendido que la identidad construye cohesión política, pero le agrega una narrativa que busca generar antagonismo y movilizar emocionalmente a sus bases.
Redes sociales y nuevas formas de movilización
Articulación internacional: la “iberoesfera”
¿Fortaleza propia o crisis de los oficialismos?
Finalmente, surge una pregunta clave: ¿el
avance de estas derechas responde a su fortaleza o al desgaste de los gobiernos
populares anteriores? Para muchos analistas, se trata más de lo segundo, la
mejora en la distribución de la riqueza trajo como consecuencia la inflación y
en los últimos tramos un estancamiento en el crecimiento económico sobre todo
de los sectores bajos y medios.
Las nuevas derechas han capitalizado ese
descontento social, frente a problemas no resueltos, se presentaron como
alternativas económicas, más que imponerse a través de un proyecto hegemónico
consolidado.
Trump y la deriva antidemocrática
El Foro de Madrid es un intento en la construcción de una nueva identidad política y cultural, pero el verdadero riesgo son las alianzas con los sectores que gobiernan los Estados Unidos a partir de Donald Trump.
El caso de Venezuela es emblemático, con un
discurso de lucha contra el narcotráfico, recordemos los hundimientos a las supuestas lanchas que transportaban
drogas por parte de la marina norteamericana, se secuestró al presidente
Nicolás Maduro, luego en un diálogo entre las partes que aún permanece secreto,
se restablecieron las relaciones para que Venezuela exporte su petróleo a
Estados Unidos, acto seguido se archivaron las expresiones y los discursos de
un cambio de régimen que garantice la democracia o la lucha contra el
narcotráfico.
También amenazó que iba a correr la misma
suerte Gustavo Petro en Colombia un aliado del Chavismo Venezolano.
A principios de enero de 2026, Donald Trump afirmó que no necesitaba del derecho internacional en la toma de decisiones de su política exterior, sosteniendo que su poder como comandante en jefe está limitado únicamente por su "propia moralidad”.
"Cada vez que Estados Unidos busca democracia, encuentra petroleo"
Milei como el resto de las derechas en
latinoamerica, gobiernan con una fuerte alianza de los sectores mas
concentrados de la economía, conjuntamente con el poder judicial, medios
periodísticos adscriptos y el control de las redes sociales.
Cuando las consecuencias económicas del
modelo comiencen a empobrecer aún mas a vastos sectores de la población,
conjuntamente con la caída del empleo formal como ya está sucediendo, el cierre
de empresas y comercios, el aumento de la desocupación haga insostenible al
gobierno, ¿A qué alianza apelará?. Seguramente a la de Donald Trump como lo
hizo en octubre del año pasado, pero no para pedir dinero, sino para
interrumpir con cualquier excusa, como lo hizo Bukele en El Salvador, la
institucionalidad democrática.
En los próximos dos años Milei deberá
enfrentar escenarios de mayor inestabilidad económica, con un Estado
debilitado, y una sociedad con altos niveles de frustración.
En este contexto, las movilizaciones
recientes en defensa de la democracia, como las conmemoraciones del 24 de marzo
serán garantías que la vía de la democracia debe continuar, es la mejor
estrategia para augurar un cambio de modelo, un mejor gobierno y la unidad
latinoamericana para enfrentar los problemas comunes.