Cuando la FIFA mancha la pelota
De la mano de João Havelange y Joseph Blatter, el fútbol pasó de ser una pasión de reglas claras a una maquinaria de poder que privatiza ganancias siderales y nacionaliza deudas eternas.
Por Rubén Magliotti
En mayo del año 2015, en la ciudad de Zúrich, los directivos de la FIFA
salen de un hotel de cinco estrellas cubiertos con sábanas para ocultar sus esposas, este hecho marcó el fin de una era de
impunidad, pero no necesariamente el fin del modelo de negocios.
Lo que el FBI y la justicia suiza destaparon en aquel "FIFA Gate" no
fue una anomalía, sino el perfeccionamiento de un sistema diseñado para
convertir el sentimiento popular en una "máquina
de dinero" alimentada por sobornos millonarios y redes de lealtades compradas.
El pecado original: De las reglas al mercado
El fútbol no siempre fue este monstruo financiero. A principios del siglo XX, la
FIFA era un grupo de voluntarios preocupados por unificar reglamentos y
sostenerse con cuotas modestas. La ruptura se produjo en 1974, cuando
el brasileño João Havelange, aliado con Horst Dassler (heredero de Adidas),
desplazó a Sir Stanley Rous, él creía que el dinero corrompería el juego; Havelange
y Dassler, en cambio, vieron una "mina de oro sin explotar".
Bajo este nuevo mando, la FIFA dejó de ser una asociación deportiva
para transformarse en un broker de derechos de imagen y televisión. El
esquema era sencillo pero implacable: las marcas (Coca-Cola, Adidas) pagaban por
exclusividad, y ese dinero se usaba para "aceitar" las voluntades de
las federaciones de África, Asia y América Latina, garantizando que
Havelange —y luego Blatter— se mantuvieran en el poder durante décadas.
Argentina ’78 y el "lavado
deportivo"
La historia de los mundiales está teñida por el uso político del deporte. En 1978, la FIFA ignoró las denuncias
internacionales sobre las violaciones a los derechos humanos en Argentina. Havelange
negoció directamente con la junta militar, que utilizó el torneo para intentar
"limpiar" su imagen ante el mundo mientras se cometían
crímenes de lesa humanidad. Fue el primer gran ejemplo de lavado deportivo: el
fútbol como anestesia social y legitimación política.
Mientras la dictadura gastaba 500 millones de dólares para modernizar estadios y lavar su fachada, el país quedaba con una deuda que tardaría décadas en pagar. Este patrón se repitió en México 1986, que tuvo que organizar un mundial tras un terremoto devastador, priorizando las transmisiones televisivas sobre la reconstrucción hospitalaria y en Brasil 2014, que dejó "elefantes blancos" —estadios lujosos hoy vacíos— mientras la gente exigía "hospitales con calidad FIFA".
Qatar y la muerte en el desierto
El cinismo alcanzó su cénit con la elección de Qatar 2022. En una votación viciada por presiones
geopolíticas y acuerdos por aviones de guerra, la lógica del mercado se impuso a
la del clima y los derechos básicos. El costo humano fue atroz: miles
de trabajadores extranjeros murieron bajo el sistema "Kafala"
—denunciado como esclavitud moderna— construyendo estadios bajo
temperaturas inhumanas.
El sistema kafala (habitualmente deletreado con "k") es un
modelo de patrocinio laboral utilizado para monitorear y controlar a los
trabajadores migrantes en varios países de Oriente Próximo. Este
sistema exige que todo trabajador extranjero no cualificado cuente con un
patrocinador local (conocido como kafeel), quien suele ser su empleador y se
responsabiliza legalmente de su visado y permiso de residencia
La FIFA, sin embargo, cerró el ciclo con una fortuna récord de 7.000
millones de dólares*, mientras el país anfitrión apenas recuperó una fracción
de su inversión.
El banquete en el mundial 2026
Hoy, bajo la gestión de **Gianni Infantino**, la FIFA se presenta como una
entidad "limpia", pero los mecanismos de extracción de riqueza siguen
intactos. El mundial que culminó hace una semana en Estados Unidos arrojó un
estimado de 11.000 millones de dólares de ganancias
Trump e Infantino en el último mundial
La jugada es maestra: los países (México, Canadá y EE. UU.) pagaron la
infraestructura, la seguridad y los servicios, mientras que la FIFA se queda con
la venta de entradas, los derechos de TV y hasta las comisiones por reventa
oficial.
En este mundial la FIFA autorizó la reventa a precio de “mercado”, cuando anteriormente sólo lo permitía
manteniendo su precio inicial. Así, cuatro entradas consecutivas en la bandeja
baja detrás del arco se ofrecieron por
la exorbitante cifra de USD 2.3 millones cada una.
Además, se imponen condiciones draconianas: los gobiernos deben firmar por
escrito que las ganancias de la FIFA estarán libres de impuestos. Es el
modelo de negocio perfecto para una asociación "sin fines de lucro":
los riesgos son públicos, pero los beneficios son estrictamente privados.
Como dijo alguna vez un presidente colombiano al renunciar a la sede del
'86: el
país debe servir al fútbol, no el fútbol al país. Lamentablemente, en el tablero de
la FIFA, la pelota siempre rueda hacia donde están los dólares.
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